10/05/2008 - 18 usuarios online

Por Paul Laverty (*)
Después de El viento que agita la cebada, queríamos abordar un asunto actual, con un aire contemporáneo. Benjamin Disraeli definió Gran Bretaña como “el taller del mundo”. En la actualidad, al circular por cualquier autopista inglesa, si echamos una ojeada a los lados, vemos que el campo cada vez se parece más a un gran almacén, con una serie ininterrumpida de depósitos y naves en los que la gente trabaja. Sin embargo, en otras épocas, había más fábricas. Todo esto refleja un profundo cambio estructural de nuestra sociedad, que se caracteriza por la importación masiva de mercancías de China y otros países, y por un incesante transporte de alimentos y otras materias primas de todas partes del mundo. Todos esos productos deben ser almacenados en algún sitio y seguidamente transportados a otros lugares. También las ventas por Internet han desempeñado su papel en este enorme comercio sin reglas. Era como si se hubiera creado un mundo paralelo a los lados de las grandes autopistas y con los camiones actuando como enlaces. Así que me planteé lo que puede significar trabajar en esos sitios, en los que los trabajadores están infrapagados y el trabajo en precario se ha convertido en la norma.
Los supermercados son una maravilla de administración, comunicación, distribución y concentración de poder: el mundo entero se concentra en un espacio único; pescado fresco de Nueva Zelanda; judías verdes de un empobrecido Zimbabue; rígidos contratos con las granjas inglesas que utilizan mano de obra extranjera; amenazas de ser excluidos de la lista a quien no se pliegue a sus caprichos; directivos malhumorados y clientes enloquecidos, todos están allí. Hay mucha variedad: estudiantes y madres que trabajan a tiempo parcial y jubilados: el material que he recogido sería suficiente para una docena de guiones. Pero se trata de unos lugares muy estáticos y feos como para ambientar toda una película en ellos. Cuanto más hablaba con la gente que trabaja en naves, depósitos y supermercados, más claro tenía que el trabajo en precario es el núcleo de la enorme transformación que se está produciendo en el mundo laboral.
Pero una marcada tendencia, por más profunda que sea, no hace en sí misma una historia. Un día se me ocurrió el personaje de Angie, fruto por completo de mi fantasía, una mujer fuerte y problemática que me conquistó por su energía, ambición y vulnerabilidad. Yo la veía llena de contradicciones y me parecía estimulante la idea de escribir de un personaje que no sabes adónde puede llevarte. Además, Ken me animó a seguir esta intuición. Angie puede ser tremendamente egoísta, pero también impulsiva y generosa: un personaje de nuestra época. Seguir las vicisitudes de Angie suponía, además, cambiar el punto de vista y narrar la historia desde su punto de vista y no desde el punto de vista de los extranjeros que llegan al Reino Unido en busca de trabajo.
Otra decisión importante era dónde situar la historia de Angie. La desesperación de tantas personas que huyen de la guerra o del desempleo y que llegan a Europa con la esperanza de encontrar trabajo se vincula también con un mundo paralelo dominado por las mafias del tráfico de seres humanos. He oído historias que podrían resultar increíbles. Habitualmente, los emigrantes tienen que pagar a una organización mafiosa para poder entrar en el país; por ejemplo, un chino tienen que entregar 25.000 dólares y tendrán que pasar muchos años para saldar esa deuda. La historia se abría a mil posibilidades, pero hemos intentado no alejarnos de la “normalidad”, evitando hablar de situaciones extremas. El mundo de Angie se sitúa más bien en el hinterland [área de influencia de un centro urbano, económico o industrial importante], un mundo que roza la ilegalidad, pero que no es “violento”. Pero esta versión “ligera” también desprende una violencia especial, que en mi opinión es casi más insidiosa porque es más difusa y en cierto modo tolerada, o al menos ignorada, al contrario de lo que sucede en relación con un gánster declarado.
He conocido a muchos trabajadores a los que se ha engañado y después se ha dejado literalmente en la calle. Algunos de ellos habían empezado a trabajar en una obra, después les habían llevado a otra y luego a otra, pero nunca se les pagó. A otros les explotaron en granjas, pagándoles una miseria. Otros habían logrado escapar de incidentes más o menos serios y nos contaban cómo habían logrado escapar. Algunas historias eran verdaderamente trágicas y ocurren en un mundo que se ha olvidado de los derechos de los hombres. Un joven polaco fue literalmente partido en dos por una devanadora de cuerda; un trabajador portugués, sin ningún arnés de seguridad (y sin alojamiento: de hecho, vivía en una caravana) se cayó mientras estaba podando un árbol y se rompió la columna; otros trabajaban sin horario y en situaciones extremadamente peligrosas. He hablado con un periodista de investigación que está trabajando en estos asuntos y me ha contado la historia de un hombre que murió por haber trabajado en exceso. ¿Cuál era su trabajo? Estampar el logo de una compañía sobre las cajas, tarea en la que llegó a trabajar hasta veinticuatro horas ininterrumpidamente. Después de innumerables conversaciones con muchos trabajadores, he tenido una sensación casi onírica: es como si ciento cincuenta años de luchas sindicales se hubieran esfumado de repente, barridos por el viento, como si no hubieran existido nunca.
Podíamos haber situado esta historia en cualquier gran ciudad británica o del resto de Europa occidental, pero Londres, en cierto sentido, es especial, por su gran tamaño y por su mezcla de culturas. Y en cierto modo es más fácil imaginar los estrechos vínculos de una comunidad local, rotos por el anonimato de la megalópolis, en la que se hablan cientos de lenguas y en las que reina una absoluta falta de comunicación. En un momento dado, Angie le pregunta a su padre: “El mundo es muy grande, ¿no lo has pensado? ¿Crees que le importa a alguien?”. Me pregunto cuántas veces hemos oído hablar del milagro anglosajón a políticos y economistas. Newsweek ha publicado un informe acerca de las ventajas del trabajo disciplinado y a bajo coste de Europa del Este, eso es verdad, y hay muchas historias positivas. Es cierto que hay una economía floreciente, pero ¿cuántos huesos rotos hay detrás? Nunca se va más allá de las estadísticas teóricas, pero una película, en su pequeña escala, quizá pueda hacerlo y por consiguiente pensamos que tendría una resonancia mayor si la historia se desarrollaba en Londres.
Angie vive en un mundo completamente distinto del de su padre. Tras haber pasado de un trabajo a otro en los últimos diez años, es comprensible su miedo a llegar a la vejez sin tener nada, y está decidida a no terminar así. Es de una sinceridad casi brutal, que no podemos evitar admirar. Cuando su amiga Rose la acusa de que no le importan los trabajadores extranjeros, ella dice: “Todos lo hacemos”. Y es cierto, hay muchas personas como Angie que facilitan la larga y compleja cadena de subcontratos para que tengamos el pan fresco, el pollo congelado y las fresas más fragantes. La explotación de trabajadores invisibles invade nuestra vida. Quizá todos nosotros necesitamos la venda en los ojos que nos proporciona la gente como Angie, que hace el trabajo sucio y nos ahorra contemplar las innobles situaciones que se desarrollan en depósitos y cobertizos a los lados de las autopistas.
(*): Paul Laverty, habitual colaborador de Ken Loach, ha escrito para él películas como "La canción de Carla", "Mi nombre es Joe", "Pan y rosas", "Sólo un beso" o "El viento que agita la cebada". Desde el 22 de febrero, su última colaboración, "En un mundo libre..." estará disponible en las pantallas españolas.
© Alta Films / abc guionistas
08/02/2008 14:57:48